Archive for 21 septiembre 2006

Area de No Fumar, Area de No Chatear

septiembre 21, 2006

Les doy a conocer un artículo muy interesante de Javier matuk, muy bueno

Área de no chatear
Javier Matuk

Hace unos días, en una de esas interesantes pláticas, mi interlocutora se quejaba amargamente de como han cambiado las cosas. “¡Es que ya no puedes platicar con la gente como antes!”, me decía, “están como locos con sus aparatitos”. ¿Cuáles aparatitos? “No te hagas, los celulares, las cosas esas para leer el correo y por supuesto para escuchar música”. De inmediato me hizo clic el comentario… y por supuesto que yo no me incluí en la muestra… “Ah, sí, claro, es que a veces hay que revisar algunos asuntos pendientes”… “¿A veces?” preguntó.

Acto seguido pensé que yo no soy de esas personas que “se van” cuando les llega un correo a su dispositivo portátil o un mensaje de texto en su celular, pero reviró “Es como tú, cuando te pones a ver tus correos en tu Palm, no pelas”. Mmmm, interesante concepto. El primer problema de un vicio o manía es que no lo reconocemos como tal y hasta pensamos que los demás están equivocados, que nosotros tenemos la razón.

¿Hace cuánto no se da una vuelta por una universidad o preparatoria? Algunos parecen enajenados con los gadgets. Dominan el teclado numérico de un celular para escribir mensajes como verdaderos maestros, claro, después de años de práctica… eso si no están con los audífonos escuchando música al mismo tiempo. Hace meses alguien me platicaba que se fue de viaje a bordo de un crucero por el mediterráneo… “esos iPods son una pesadilla, nuestros hijos, en el tour por la ciudad, frente a un monumento histórico, el guía hablando, explicando a detalle la situación, tratando de hacerse entender, un lugar lejano, que tal vez no regresaremos en el futuro cercano… y los chavos, ¡con su iPod a todo volumen!… se separan del grupo, no están participando, están en su onda”.

De inmediato pensé, “bueno, pues le dices que no se lo pongan, que está prohibido y listo”, pero al comentarlo simplemente escuché “espérate a que los tuyos tengan 15 años”. No le di mayor importancia en ese momento, pero con la plática de referencia en esta nota, recordé el verdadero problema en que puede convertirse la adicción a estos gadgets.

Claro que hay de todo. Los que los usan de forma moderada, los que nunca los usan, otros que ni los tienen y unos más que viven para ellos. Estar permanentemente en contacto a través de los mensajes cortos y escuchando música en toda situación, parece que se está convirtiendo en algo “normal”. Una cosa es estar solo y hacer lo que le plazca y otra muy diferente es estar con la familia, con los amigos, en la escuela o, incluso, en el trabajo, y gracias a esta tecnología alejarse de la realidad y estar en otra situación muy diferente.

Me ha pasado, de hecho, siempre me pasa cuando abordo un avión y estoy viajando solo. Como no soy del tipo platicador, simplemente me pongo los audífonos (aunque no necesariamente esté escuchando música) y así la gente de junto ni voltea a verme. Entiende que estás en “tu mundo” y no te hablan. Pero ahí tal vez está justificado. Si uno está solo y no tiene ganas de platicar, en un espacio tan cerrado como un avión, es posible usar este método para aislarse. Incluso, si legítimamente se desea escuchar música, no está interfiriendo con la comunicación tradicional que puede darse en otras situaciones. ¿Cómo cuales?

Un simple viaje por carretera de una pareja y sus dos hijos adolescentes puede convertirse en una travesía sin hijos, ya que cada uno se pondrá su iPod, le subirá al volumen y se dejará llevar por la música, aislándose del resto de la familia, claro, eso además de la cobertura celular, pues con el servicio en las principales carreteras, los SMS seguirán llegando. ¿Tanto así? Pregunte a sus conocidos con hijos en esa edad, y, claro, que tengan reproductores de música y celulares.

Un asunto parecido sucede con las consolas de video juegos portátiles. Sobre todo entre los pre adolescentes, al mirarlos se ve que están totalmente con inmersos en la batalla, ya sea matando alienígenas o intentando resolver complicadas situaciones en pantalla.

Sobre los mensajes cortos y el chat, la forma de comunicación es privada -lo que muchas veces buscan algunos-, concreta, se pueden expresar muchos sentimientos con pocas palabras o símbolos, se usa el “lenguaje” en código como “PAW” parents are watching, “BRB” be right back, “JK” just kidding, “CDT” cambiando de tema, “NC” nunca cambies, “U2” tú también, “l.q.n.p.f” lo q no puede faltar, “NTP” no te preocupes, “XFA” por favor, “KSA” casa, “VDD” ¿verdad?, “XOXO” besos, “grax” o “tnx” gracias, y por supuesto otras muchas que no son publicables en este espacio, pero sí muy usadas en todo sistema de chat o de mensajes cortos.

Y la situación tiende a empeorar. Dispositivos portátiles como el Mylo de Sony y los que vengan en el futuro, prometen acceso a Internet, páginas, chat, Skype y otros servicios en cualquier punto del planeta donde exista una señal WiFi (internet inalámbrico). ¿Será la perdición? Quien sabe, pero la realidad es que, como me decían en la plática inicial, “en los restaurantes y lugares públicos, así como hay área de no fumar, en el futuro deberían poner… ¡área de no chatear!”. ¿Llegaremos a tanto?

el artículo original, de aquí:

http://www.matuk.com/teclado/2006/sep-11-2006.html

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Pros y contras de la E-comunicación

septiembre 16, 2006

Hasta hace 10 años, las cartas y el teléfono (y sus variantes, como el télex y el fax) eran las estrellas de la comunicación a distancia.

¿Quién pensaba, entonces, que la inmediatez del contacto telefónico podía superarse? ¿Quién hubiera dicho que el género epistolar, tan presente históricamente y tan incluido dentro de las prácticas comerciales, podía convertirse en una alternativa casi extravagante?

Eran imbatibles. Tan imbatibles como lo fueron en su momento los carruajes o las palomas mensajeras, y como puede serlo cualquier recurso u objeto hasta que aparece la entidad desconocida, inimaginada, impensable que lo destrona. Que fue, en el caso que nos ocupa, el correo electrónico.

Y habrá, cada tanto, nostálgicos de la sensación de proximidad que aporta la voz del otro a través del tubo o del estilo tan cuidado, casi literario, que exhibían las cartas. Pero, para la mayoría de las situaciones comunicativas, la batalla está perdida: triunfa el e-mail.

Porque son muchas las ventajas que aporta este medio al mundo de hoy. Es un canal de comunicación rápido, relativamente confiable y bastante económico. Permite compartir documentos, música, videos e imágenes. Sirve prácticamente para todas las circunstancias, y para algunas es, sin duda, ideal. Por ejemplo, para esos casos en que precisamos pensar mucho nuestra respuesta durante el intercambio. O para aquellos otros en que el vínculo con la otra persona no es tan estrecho como para justificar una llamada telefónica, y así uno se escribe y mantiene el trato sin forzar el contacto.

Pero claro, que el correo electrónico haya llegado para quedarse (hasta que –como decíamos- otra innovación lo suplante) no implica que sea el canal perfecto, en el que todas las comunicaciones se dan de forma inmejorable. De hecho, en los últimos años, especialistas que estudian los intercambios entre las personas se están concentrando en las deficiencias comunicativas del sistema. Más precisamente, en su potencial para generar malentendidos o para profundizar situaciones de conflicto.

Los psicólogos Justin Kruger y Nicholas Epley, de la Universidad de Chicago, han concluido, luego de analizar una serie de estudios, que casi la mitad de los lectores de mensajes escritos no comprende del todo su sentido. Y no es un problema de alfabetización: la mayoría sabe perfectamente qué quieren decir las palabras que lee, pero lo que no identifica es en qué contexto ponerlas. ¿El texto es un pedido o una orden, una afirmación o una pregunta? Quién lo redactó ¿quiere mostrarse seco en el trato o simplemente escribió poco porque está apurado? Tantos signos de admiración ¿indican un entusiasmo pronunciado o un dejo irónico? Faltando el tono y la entonación en un mensaje, falta mucho. De estas preguntas a “¿Qué me habrá querido decir?”, “¿Es que se ofendió por algo?”, “¿Está buscando eludir el tema?” hay pocos segundos de deducción. Y esto sin ponernos a analizar qué pasa con los textos intrínsecamente ambiguos ni con los e-mails que se pierden en el ciberespacio.

Para Kruger y Epley, es la falta de habilidad para salir del propio horizonte de percepciones y expectativas la que se inmiscuye en estos casos y genera una comunicación escrita deficiente. Suele ocurrir, sostienen, que los redactores de los mensajes sobreestiman su capacidad de ser claros (y eventualmente, de dar a entender su tono sarcástico o gracioso) y, de forma paralela, imaginan que su texto dice sólo aquello que ellos como autores pretendieron escribir y que no hay otra interpretación posible en el mundo que pueda reclamarse por lógica. Pero no: las personas interpretamos según lo que -de modo consciente o no- ya traíamos en mente; de acuerdo con nuestros valores e inferencias, de acuerdo con la forma tan individual en que cada uno se explica a sí mismo las cosas y hechos del mundo.

El desajuste entre el mensaje que se intentó enviar y el que se recibe puede entenderse claramente si tenemos en cuenta que, a diferencia de la comunicación presencial, con el correo electrónico no se comparten contextos (cada uno lee y escribe en momentos diferidos en espacio y tiempo), se pierde toda la gestualidad de los participantes (las sonrisas, los resoplidos, los énfasis) y no hay secuencialidad garantizada entre los mensajes de uno y otro.

Es por eso que, si no se usa con atención, el correo electrónico puede ser un mal medio para tratar asuntos delicados o muy complejos. Para sacarle provecho, hay que cuidar, por un lado, que la escritura del mensaje sea lo más clara y unívoca posible. Y, por el otro, que el texto contenga toda la información necesaria para que el destinatario pueda comprender (en vez de estar obligado a adivinar) nuestras motivaciones y expectativas respecto de lo tratado.

En pocas palabras, hay que ponerse en el lugar del otro a la hora de escribir un e-mail y hay que ser consciente de los ajustes en los que hay que esforzarse para reponer toda la información que falta cuando las dos personas que quieren comunicarse no se ven cara a cara.